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NY ensaya con centros para drogadictos bajo supervisión

InternacionalesNY ensaya con centros para drogadictos bajo supervisión

No hay informes de muertes en centros de inyección supervisados en los países donde están permitidos, de acuerdo con un informe del 2021.

José Collado se acomo­dó en una mesa blanca en un salón bañado por el sol, cantó algunas líneas y se inyectó heroína.

Después de pasarse años inyectándose en la calle y en techos, se encontraba en uno de los dos primeros “centros de prevención de sobredosis” que funcionan en Estados Unidos, en los que las autoridades permi­ten que los adictos se dro­guen en condiciones me­nos riesgosas.

Los centros cuentan con personal y equipo que per­mite revertir las sobredo­sis. Constituyen una res­puesta tan osada como cuestionada a la ola de muertes por sobredosis de opioides que sufre el país.

Los partidarios de esta ini­ciativa dicen que es un aporte humano y realis­ta en medio de la peor cri­sis asociada con el consu­mo de drogas en la historia de Estados Unidos. Sus de­tractores afirman que es al­go ilegal y derrotista, que ignora el daño que causan las drogas en los consumi­dores y las comunidades.

Para Collado, de 53 años, la sala que usa regularmente es “una bendición”.

“Siempre se preocupan por uno, te atienden”, expresó.

“Se aseguran de que no mo­rirás”, acota su amigo Steve Báez, de 45 años y que estu­vo un par de veces al borde de la muerte.

En sus primeros tres me­ses de funcionamiento en dos barrios con grandes co­munidades de hispanos, el East Harlem y Washington Heights, el programa res­pondió a más de 150 sobre­dosis. Recibió unas 800 per­sonas, que hicieron en total 9.500 visitas. Este mismo año ampliarán sus opera­ciones y funcionarán las 24 horas del día.

“Ofrecen un ambiente apa­cible, que le gente puede usar en forma segura y se­guir viva”, dice Sam Rivera, director ejecutivo de OnPo­int NYC, la organización sin fines de lucro que mane­ja los centros. “Servimos a personas que mucha gente considera descartables”.

Los centros de consumo de drogas en forma supervisa­da son una novedad en Es­tados Unidos, pero funcio­nan desde hace décadas en Europa, Australia y Canadá.

Varias ciudades de Estados Unidos y el estado de Rho­de Island aprobaron la idea, pero ninguna abrió un cen­tro hasta que Nueva York lo hizo en noviembre.

El anuncio de la apertura de los dos centros se produjo seis semanas después de que la Corte Suprema confirma­se el fallo de un tribunal que dictaminó que un centro

de este tipo que se planea­ba abrir en Filadelfia era ile­gal, según una ley federal de 1986 que prohíbe sitios de consumo de drogas ilegales.

El Departamento de Justi­cia, no obstante, indicó el mes pasado que probable­mente deje de combatir es­tos centros.

La única representante re­publicana de Nueva York, Nicole Malliotakis, promue­ve el cierre de lo que consi­dera “galerías de consumo de heroína que lo único que hacen es alentar el uso de drogas y deteriorar nuestra calidad de vida”.

Propone negar fondos fede­rales a toda entidad priva­da, estatal o municipal que “opere o supervise” centros de inyecciones seguras.

Otra representante de Nueva York, la demócrata Carolyn Maloney, en cambio, impul­sa una iniciativa por la que el estado financiaría estos cen­tros. Sus administradores dicen que actualmente los centros de Nueva York son financiados por donaciones privadas, aunque con el apo­yo de agrupaciones que reci­ben fondos de la municipali­dad y el estado para financiar sus actividades, incluidas te­rapias y otros servicios.

SEPA MÁS
Adriano Espaillat.

Varios funcionarios mu­nicipales y estales apo­yan los centros. Pero en diciembre un centenar de personas, incluido el representante demó­crata Adriano Espaillat, participaron en una ma­nifestación para denun­ciar que los programas no abarcan barrios de residentes blancos, de mejores ingresos.

Utencilios.
La gente lleva las dro­gas que usará y los cen­tros ofrecen jeringas, pa­ños con alcohol, sorbe­tes para inhalar y otros elementos.

Collado se acomo­dó en una mesa blanca en un salón.

Collado se acomo­dó en una mesa blanca en un salón.

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