La construcción del nuevo mercado representa una de las mayores inversiones recientes destinadas a organizar el comercio popular de Higüey. Sin embargo, meses después de su inauguración, las expectativas ciudadanas, la situación del viejo mercado y el retraso en la operación de la nueva infraestructura muestran una realidad más compleja que la ceremonia de entrega.
HIGÜEY, LA ALTAGRACIA.– Hablar del Mercado Municipal de Higüey implica mucho más que analizar un edificio. Significa hablar de alimentación, comercio informal, tránsito, higiene, pequeños negocios y de cientos de familias que dependen directa o indirectamente de la actividad comercial que durante décadas se ha desarrollado alrededor del viejo mercado.
En febrero de 2026, después de más de una década de espera, el Gobierno inauguró una nueva infraestructura con una inversión anunciada de RD$335 millones, concebida para reorganizar y modernizar una actividad comercial históricamente marcada por limitaciones de espacio, higiene y ordenamiento.
El nuevo mercado cuenta con 212 espacios comerciales distribuidos en seis bloques, destinados a vendedores de vegetales, carnes y pescados, granos y artesanías.
Sobre el papel, Higüey dispone ahora de la infraestructura necesaria para comenzar a resolver uno de sus problemas urbanos históricos.
Pero entre disponer de un edificio y resolver el problema del mercado existe una distancia que todavía genera interrogantes.
Un problema que Higüey arrastra desde hace años
Las dificultades del mercado tradicional no constituyen una percepción reciente.
Documentos de planificación municipal ya reconocían años atrás que el mercado localizado en el centro de Higüey no disponía del espacio necesario y que su funcionamiento generaba dificultades para vendedores y ciudadanos.
También se identificaban problemas relacionados con distribución de espacios, conservación adecuada de alimentos y congestionamiento del tránsito durante los días de mayor actividad comercial.
Es decir, cuando un ciudadano afirma que el viejo mercado necesita organización, no necesariamente está repitiendo una percepción construida en redes sociales.
Existe documentación institucional que reconoce históricamente esas deficiencias.
La visión oficial: organización, higiene y desarrollo económico
Cuando el presidente Luis Abinader inauguró el nuevo mercado el 16 de febrero, las autoridades presentaron la obra como una respuesta a más de 13 años de espera.
El Ministerio de Obras Públicas sostuvo que la infraestructura permitiría dignificar las condiciones laborales de más de 200 vendedores y ofrecer a los consumidores un espacio organizado, higiénico y seguro.
La alcaldesa Karina Aristy planteó que el proyecto representaba una nueva etapa de desarrollo y oportunidades para Higüey.
La distribución oficial contempla 73 puestos de vegetales en el primer bloque; 31 para carnes y pescados; 29 para granos; otros 23 y 32 espacios para vegetales; y 24 destinados a artesanos.
Desde el punto de vista de infraestructura, por tanto, existe una diferencia considerable respecto a las condiciones históricas del mercado tradicional.
Inaugurado no significó inmediatamente funcionando
Aquí aparece uno de los elementos que mayor distancia ha creado entre la comunicación institucional y la percepción de algunos ciudadanos.
El mercado fue formalmente inaugurado en febrero.
Sin embargo, a finales de mayo, más de tres meses después, todavía no había comenzado a operar.
Las autoridades municipales explicaron entonces que estaban elaborando los protocolos administrativos y operativos, definiendo los contratos de arrendamiento y estableciendo las reglas para la asignación de los espacios.
También se informó que uno de los asuntos pendientes era garantizar adecuadamente el suministro de agua, para lo cual se contemplaba la construcción de cuatro pozos y una conexión con el acueducto de Higüey.
La situación continuó generando cuestionamientos meses después. En septiembre, dirigentes comunitarios todavía solicitaban públicamente a las autoridades acelerar la apertura del nuevo mercado.
Esto explica parte de la frustración ciudadana: una obra puede estar terminada e inaugurada físicamente, pero para el ciudadano comienza a cumplir su función cuando puede utilizarla.
¿Por qué no simplemente trasladar a todos los vendedores?
La situación tampoco resulta tan sencilla.
Las autoridades municipales han explicado que trasladar comerciantes sin establecer previamente reglas podría reproducir en las nuevas instalaciones los mismos problemas acumulados durante años en el viejo mercado.
El Ayuntamiento ha identificado situaciones relacionadas con duplicidad de espacios, comercialización irregular de casillas y ocupación de áreas públicas.
Por eso, el proceso incluye determinar quién posee derechos reconocidos, quién ocupa espacios informalmente y cuáles comerciantes serán trasladados.
La alcaldesa Karina Aristy ha sostenido además que el viejo mercado no necesariamente desaparecerá, sino que deberá ser reorganizado.
Esta decisión introduce otra pregunta importante:
¿Cómo funcionarán simultáneamente el viejo y el nuevo mercado sin reproducir dos centros comerciales desorganizados?
Ese probablemente sea uno de los principales desafíos de la administración municipal.
Lo que dice la calle
Las opiniones ciudadanas disponibles muestran una contradicción interesante.
Por un lado, el mercado tradicional es valorado porque permite encontrar una gran variedad de productos y, según algunos consumidores, adquirir determinados alimentos a precios inferiores a los supermercados.
Una residente citada durante la inauguración del nuevo mercado señaló precisamente que el mercado representa una alternativa para ciudadanos que buscan precios más económicos.
Pero otras opiniones públicas cuestionan fuertemente sus condiciones sanitarias.
Reseñas de visitantes disponibles en plataformas públicas describen alimentos expuestos, dificultades de higiene, olores fuertes, animales vivos y puestos improvisados.
Estas opiniones deben interpretarse como experiencias individuales y no como estudios sanitarios oficiales, pero coinciden parcialmente con problemas de higiene y organización que ya habían sido reconocidos en documentos municipales.
También existe otra percepción: para algunos visitantes, precisamente ese desorden representa una expresión del mercado popular tradicional.
Ahí aparece una discusión cultural interesante.
¿Modernizar significa eliminar la esencia del mercado popular o crear condiciones dignas sin perder su identidad?
Cómo afecta directamente al ciudadano
Para una familia higüeyana, el funcionamiento del mercado tiene consecuencias muy concretas.
La primera es el precio de los alimentos.
Los mercados públicos permiten que pequeños comerciantes compitan con supermercados y establecimientos de mayor tamaño. Cuando funcionan adecuadamente, pueden representar una alternativa importante para consumidores de menores ingresos.
La segunda es la seguridad alimentaria.
Carnes, pescados, vegetales y otros productos necesitan condiciones adecuadas de manipulación, agua, limpieza, refrigeración cuando corresponda y disposición de residuos.
La tercera es el tránsito.
La ocupación de calles y aceras alrededor del mercado tradicional afecta tanto al comprador como al ciudadano que simplemente necesita desplazarse por esa zona.
La cuarta es el empleo.
Detrás de cada puesto existe un comerciante y, en muchos casos, una familia cuyo ingreso depende de ese espacio.
Por eso cualquier proceso de reorganización tiene que combinar autoridad con sensibilidad social.
El impacto indirecto también alcanza a todo Higüey
Existe además un efecto menos visible.
Higüey es la principal ciudad de una provincia que alberga el mayor polo turístico de República Dominicana.
La imagen urbana de la ciudad, la organización de sus espacios públicos y las condiciones en las que comercializa sus alimentos también forman parte de su desarrollo.
Un mercado desorganizado afecta la movilidad, genera presión sobre la recogida de residuos, dificulta el tránsito y puede deteriorar la percepción del centro urbano.
Un mercado organizado puede producir el efecto contrario: concentrar actividad económica, mejorar la higiene, facilitar estacionamiento y carga y descarga, formalizar comerciantes y recuperar espacios públicos.
Por eso los RD$335 millones invertidos deben analizarse no solamente como el costo de una construcción.
Representan una inversión pública cuya rentabilidad social dependerá de que el mercado funcione correctamente.
Ni fracaso ni solución todavía: una obra pendiente de demostrar sus resultados
Las informaciones disponibles permiten separar dos posiciones que frecuentemente chocan en las redes sociales.
Decir que “el nuevo mercado no sirve” únicamente porque su apertura operativa se retrasó sería adelantarse a los resultados.
Pero afirmar que “el problema del mercado de Higüey ya fue resuelto” porque existe una nueva infraestructura tampoco refleja completamente la realidad.
La obra existe.
La inversión existe.
Los 212 espacios existen.
También existen los problemas históricos del viejo mercado, la incertidumbre de comerciantes, la necesidad de establecer reglas transparentes y el retraso que ha existido entre inauguración y operación efectiva.
La verdadera evaluación comenzará cuando el sistema funcione.
Las preguntas que Higüey necesita responder
Más que continuar una discusión entre quienes defienden la obra y quienes la critican, el ciudadano necesita respuestas verificables.
¿Quiénes ocuparán los 212 espacios?
¿Cuáles fueron los criterios utilizados para seleccionarlos?
¿Cuánto pagarán los comerciantes?
¿Qué ocurrirá con quienes actualmente venden en las calles?
¿Cómo será reorganizado el mercado viejo?
¿Quién garantizará la limpieza y seguridad sanitaria?
¿Está definitivamente resuelto el abastecimiento de agua?
¿Cómo funcionará la carga y descarga?
¿Dónde se estacionarán compradores y suplidores?
¿Existirá fiscalización permanente para impedir que las casillas vuelvan a venderse o transferirse irregularmente?
Y, sobre todo:
¿cuándo podrá el ciudadano evaluar el mercado por sus resultados y no solamente por las fotografías de su inauguración?
La realidad está entre la obra y su funcionamiento
El nuevo Mercado Municipal de Higüey representa una oportunidad real para transformar una actividad comercial que durante años ha necesitado organización.
La infraestructura es un paso importante.
Pero un mercado no funciona únicamente con cemento, casillas y estacionamientos.
Necesita administración, reglas, higiene, agua, seguridad, mantenimiento, comerciantes y compradores.
La opinión popular tampoco debe descartarse simplemente porque nazca en una esquina, un colmado o una red social. Muchas veces expresa problemas cotidianos que las estadísticas no reflejan inmediatamente.
Pero tampoco toda percepción ciudadana constituye automáticamente un hecho.
Ahí está la responsabilidad del periodismo.
Contrastar lo que dice la autoridad con lo que vive el ciudadano.
En el caso del Mercado Municipal de Higüey, los documentos muestran que existía un problema histórico, que el Estado construyó una infraestructura importante para enfrentarlo y que la entrada efectiva en operación ha sufrido retrasos y dificultades administrativas.
Ahora corresponde medir resultados.
Porque después de una inversión de RD$335 millones y más de una década de espera, la pregunta ya no debe ser si Higüey tiene un nuevo mercado.
La pregunta debe ser:
¿está resolviendo el nuevo mercado los problemas por los cuales fue construido?
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