EDITORIAL | ASÍ SUCEDIÓ
En la República Dominicana se habla constantemente de apoyar el emprendimiento, impulsar nuevas empresas y ofrecer oportunidades a quienes desean construir su propio futuro. Sin embargo, detrás de esos discursos existe una realidad que merece ser cuestionada: muchas veces, las oportunidades no llegan a quienes tienen mayor capacidad, preparación o determinación, sino a quienes pertenecen a determinados círculos económicos y sociales.
Emprender sin un apellido reconocido, sin relaciones influyentes o sin formar parte de una familia empresarial puede convertirse en una lucha interminable. Mientras algunos jóvenes reciben capital, contactos y contratos para iniciar sus negocios, otros deben invertir sus ahorros, asumir deudas y demostrar una y otra vez que están preparados, sin conseguir siquiera una oportunidad para competir.
Lo preocupante es que, en determinados espacios, lo que se presenta como apoyo a nuevos emprendedores parece ser simplemente una manera de garantizarles una ocupación empresarial a los hijos de quienes ya controlan las oportunidades. No está mal que una familia respalde a sus descendientes; lo cuestionable es que ese respaldo termine cerrando las puertas a quienes vienen de abajo y también tienen derecho a crecer.
Una de las excusas más frecuentes para excluir a nuevos empresarios es que todavía necesitan mayor preparación o experiencia. Pero surge una pregunta inevitable: ¿cómo puede una empresa adquirir experiencia en proyectos medianos o grandes si nunca se le permite participar? Resulta contradictorio exigir resultados que el propio sistema impide alcanzar.
También está el argumento de la confianza. Para algunos, si no perteneces a su entorno, simplemente no eres confiable. Poco importa tu trayectoria, los sacrificios realizados o la inversión que hayas hecho para levantar tu empresa. Parecería que la confianza no se construye demostrando capacidad, sino compartiendo relaciones, amistades y apellidos.
Esta realidad genera frustración e impotencia en quienes llevan años luchando por desarrollar sus proyectos. Personas que no buscan regalos ni privilegios, sino oportunidades reales para demostrar que pueden cumplir, generar empleos y contribuir al desarrollo económico del país.
No se trata de enfrentar a ricos contra pobres ni de cuestionar el derecho de las familias empresariales a respaldar a sus hijos. Se trata de exigir un mercado más abierto, donde las oportunidades no estén condicionadas por el origen social y donde el talento tenga posibilidades de competir en igualdad de condiciones.
Un país no puede hablar de fomentar el emprendimiento mientras las grandes oportunidades continúen circulando entre los mismos de siempre. Apoyar a los nuevos empresarios no es invitarlos a conferencias ni entregarles reconocimientos; es abrirles espacios, evaluar sus propuestas y permitirles demostrar su capacidad.
Porque emprender ya representa un enorme sacrificio, y lo más doloroso no siempre es fracasar en el intento, sino descubrir que, por más que luches y te prepares, las puertas permanecen cerradas simplemente porque no perteneces al círculo correcto.
Al final, debemos preguntarnos: ¿estamos formando una nueva generación de empresarios o simplemente garantizando que las oportunidades continúen heredándose entre las mismas familias?
Así Sucedió | Editorial
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